8/1/07

OTRA NAVIDAD

Adán Galiano se despertó de su somnolencia agarrado a las sábanas con los dedos crispados y fríos. Maldita navidad! se dijo para sus adentros, pero con la voz tan alta que retumbó en las paredes de papel de fumar de su habitación. No son sólo las paredes, pensó, y la ventana, y el suelo, y el maldito tejado agujereado por las malditas ratas.

Se recostó sobre su lado derecho para dejar un hueco en ese lado de su cuerpo y tiró de las mantas hacia dentro, luego repitió el mismo gesto con el lado izquierdo y se quedó convertido en un canalón de navidad, pero con los pies helados. Incorporó un poco la cabeza, lo que le provocó un tirón en las cervicales que le arrancó un leve quejido, pero no iba a enfadarse y destruir el trabajo hecho hasta ahora, desde que iba al psiquiatra se controlaba mucho más. Se miró los dedos de los pies. Los gordos habían agujereado los calcetines y sobresalían rebosantes del círculo de lana que, años ha, había sido blanca. Si encogía las piernas se saldrían las mantas, si no lo hacía sus dedos se convertirían en carne congelada para perros. Maldito invierno. La cólera, que se iba formando en los tobillos, ascendía lenta pero perceptible hacia arriba. Miró hacia la ventana. La psiquiatra le había dicho: cuando notes la cólera que sube distrae tu atención, no dejes que te domine. Pero la visión de las volutas de nieve cayendo tranquilas, despreocupadas, inundó sus capacidades.
Si no hubiera sido por el frío quizá no hubiera recordado que era el dia de navidad. Pensó que la maceta sería demasiado grande para la repisa. Y se levantó de la cama maldiciendo el mundo y la estúpida tonada que repetían sin cesar las bombillas del árbol de navidad de los vecinos. Agarró una de las mantas, se la echó por encima de los hombros y se fue a la cocina. Rescató una sartén del montón de platos sucios de la pica; estaba mojada. Le pasó uno de los trapos de cocina y encendió el único fuego que no estaba atascado de grasa. Untó el índice en la mantequilla y lo escurrió en el borde de la sartén. Acercó el plato de la cena y deslizó el pedazo de pizza de anchoas dentro de la sartén. No le gustaba en absoluto la pizza fría.

En ese momento un asqueroso hedor a orín fresco ocupó toda su atención.

Felipeeeeeeeee!!

Una exhalación negra pasó por entre sus piernas y casi consigue darle una patada, pero su dedo gordo y helado se estrelló en la pata de la mesa. Un día me cargaré a este maldito gato! Gritaba a la vez que acariciaba con rabia la punta del pie. Con cinco pasos largos se situó ante el desastre: la planta de navidad que había comprado para su madre yacía tumbada con la tierra repartida ante la puerta de entrada. el montoncito arrinconado y húmedo delataba dónde se había meado Felipe. Por suerte no se había roto la maceta, aunque seguía pensando que era demasiado grande. Juró matar el maldito gato, pero el olor de queso requemado lo llevó rápidamente a la cocina. Maldita navidad!

A la una y media Adán Galiano salía de su casa envuelto en la enorme bufanda roja y el gorro de Winston rojo y blanco calado hasta los ojos. Los guantes, también rojos, sostenían a duras penas la planta de navidad recuperada. Las hojas rojas y verdes, con aroma de lilas -la única colonia de mujer que había encontrado en el atestado armario del baño-, la nieve, el frío, y el feliz navidad obligado de los vecinos le provocaban náuseas.

Se metió en el coche rezando un mecagoendios para que se pusiera en marcha a pesar de llevar tres días parado bajo la uralita. Arrancó, y el resoplido de satisfacción de Adán enteló por completo todas las ventanas. Aposentó la planta en el asiento del acompañante y limpió el cristal delantero con la manga del abrigo de franela verde.

Ya era el cuarto año que iba a visitar a su madre y el cuarto que le compraba la planta de navidad, nunca antes, cuando vivía con ella, le había comprado ninguna, pero la mujer la esperaba siempre con la misma ilusión, y siempre, con la misma decepción, le arrancaba la promesa a su hijo de que el próximo año sí, mamá, seguro que sí. Adán no consiguió recordarlo nunca mientras vivieron juntos. Ahora sí, se decía sintiéndose un buen hijo, ahora sí.
Absorto en sus pensamientos no se dio cuenta de que empezaba a subir la calleja que llevaba al cementerio y no tuvo la precaución de subir en primera. El automóvil se caló. Hoy, evidentemente, no era su día. Pisó el embrague y dejó que el coche se deslizara hacia atrás para intentarlo de nuevo, pero el maldito no arrancó ni rezando. Cogió la planta de navidad, empezó a subir la cuesta, y llegó a la puerta del cementerio con la camisa empapada en sudor y con la gorra pegada a la calva. Sólo le faltaba resfriarse ahora que se había estropeado la calefacción.
Cuando llegó ante el nicho de su madre comprobó que sus temores se confirmaban: la maceta era demasiado grande para la repisa. Miró hacia un lado y hacia el otro. Se giró a ver si alguien se acercaba por atrás. Pensó que el día de navidad, a esa hora, todo el mundo estaba sentado ante una mesa repleta de comida y bebida, menos él. Dirigió una mirada lastimera al mármol frío donde se leía que allí yacía una buena mujer y pidió perdón a su madre por lo que iba a hacer.

Empujó con toda su fuerza la maceta. Se resquebrajó el cristal del nicho. Las hojas quedaron un poco ladeadas, pero la maceta cupo en la repisa.


Feliz navidad, mamá.